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Reviews de Soyuz
Opiniones de productos23

Lo mejor: Bien construido, versátil
Lo peor: Ligeramente grande para este tipo de teclado
Un punto fuerte es su integración con DAWs como Logic, Bitwig, Live, FL Studio o Reason. También me gusta esa salida MIDI Out en formato DIN de 5 puntas, otra cosa no siempre presente en este tipo de controlador y que aporta versatilidad para conectarnos a hardware MIDI externo actual o antiguo.
Por sacarle algo, su tamaño es algo mayor que otros controladores compactos, aunque eso también aporta comodidad de uso, pero desde luego tendrás que llevar una mochila grande si lo sacas de paseo. También habría estado bien, como decía Pablo en la review de hispa, que se hubiera incluido algún sinte de Arturia más allá del Analog Lab Intro. Pero en general y por su precio, toca darle un 5.

Lo mejor: Suena bien y capta menos ruido ambiente que los típicos de condensador
Lo peor: Idealmente, necesita preamplificador
Es un micrófono dinámico de patrón polar cardioide, que se diseñó con la captación de voz en mente, y eso se hace notar. Las tomas quedan ricas, sin demasiado detalle pero con cuerpo, sin retumbar.
Construido como un tanque, es voluminoso y visualmente se hace notar. Lo habréis visto infinidad de veces en videopodcasts y canales de youtubers. Cuenta con un par de interruptores en la parte trasera para ajustar su respuesta en frecuencia y el filtro de graves según lo que necesites (nosotros lo usamos en el ajuste plano), y lleva su propia espuma antipop.
No le doy un 5 porque, como ya han dicho otros aquí, necesita bastante ganancia, y si no usas un buen previo, puedes no sacarle todo el partido.

Lo mejor: Sonido diferente al resto
Lo peor: La programación puede hacerse compleja. Frialdad. Sonidos "de nicho", no es muy versátil
Su sonido es peculiar; es fríamente digital, pero puede llegar a ser muy complejo, extraño, metálico, saturado y chirriante. Ideal para atmósferas o para dar un toque diferente a una producción, pero tienes que atarlo en corto (salvo que esa extrañeza sea precisamente lo que buscas, claro). También se atreve con sonoridades más convencionales tipo DX (mallets, pianos eléctricos, etc), pero para esta tarea prefiero sin duda el timbre más agradable de los sintes FM.
Lo vendí hace ya años, pero recuerdo que por aquella época había un libro de Wizoo que explicaba bastante bien las capacidades del sinte. Sin eso y sin manual, vas a tener que echarle horas para sacarle partido... o tirar de los abundantes presets que se pueden encontrar por ahí.
Ten presente un detalle al comprar este sinte de segunda mano, si eres de los que valora la estética: sus teclas tienden a amarillear y no siempre se hace obvio en fotos.

Lo mejor: Sonido característico. Encanto estético. Programable. ¡Y con calculadora!
Lo peor: ¿Qué podemos echarle en cara? Es un clásico.
Las posibilidades sorprenden, si consideramos el producto que es y cuándo y por cuánto salió al mercado (69 dólares de 1979). Tenemos dos octavas con pulsadores a modo de teclas, selector de octava, pantalla LCD de 8 caracteres, secuenciador de 99 notas, cinco sonidos preset y 10 ritmos incorporados, con tres sonidos de percusión. El modesto motor de síntesis consiste en ondas cuadradas filtradas, con diversos anchos de pulso.
Pero lo más interesante es que podemos programar nuestro propio sonido e ir más allá de esos presets. Pasando a modo calculadora e introduciendo una cifra y volviendo al modo teclado, podemos configurar parámetros como la forma de onda, envolvente, vibrato y tremolo. Son 8 parámetros en total, cada uno con ajustes del 0 al 9, así que tenemos que introducir cifras de este tipo: 92299223 (forma de onda 9, ataque 2, decay 2, nivel de sustain 9...).
El VL-1 es el minisinte más popular de Casio. Su sonido ha hecho acto de presencia en producciones famosas, como el Da Da Da de Trio, Your Woman de White Town o el arranque del Boom, Boom, Boom de los Vengaboys. Si lo consigues por lo que cuesta un plugin barato, vale la pena tenerlo en tu estantería.

Lo mejor: Sonidos evocadores de la infancia. Estéticamente agradable (te dan ganas de coleccionarlos todos). Apropiado para circuit bending.
Lo peor: Sólo puedes tocar en monofónico. No es programable.
Contamos con 8 sonidos (piano, harpsichord, organ, violin, flute, clarinet, trumpet, celesta) y 12 ritmos (rock, disco, 16 beat, swing 2 beat, swing 4 beat, samba, bossa nova, beguine, tango, march, slow rock, waltz) que suenan a través de un pequeño altavoz algo estridente. Tiene varios modos de funcionamiento: podemos tocar libremente, disparar las canciones demo o tocar en "melody guide", con la ayuda de unas lucecitas que se irán encendiendo sobre cada tecla para indicarnos dónde pulsar.
A la izquierda tenemos 12 teclas adicionales para tocar acordes con un solo dedo. Existe también la posibilidad de cargar cartuchos con canciones, aunque es raro encontrarlos en el mercado de segunda mano (aparte del que venía de serie, el World Songs).
Los sonidos tienen el mérito de transportarnos a los años de la EGB, y pueden darle un toque especial a cualquier tema que necesite sonar a "retro cutre" por así decirlo, pero poco más. No se pueden programar como el VL-1, ni tienen su encanto. El cacharro es monofónico y nos permite muy pocas florituras. Ahora bien, si tienes interés en el circuit bending, es un buen candidato; se han visto mods muy chulos por ahí.

Lo mejor: Valor sentimental... para los que lo tuvimos
Lo peor: Sonidos desfasados, sólo 4 partes, nulo sentido en un setup actual
En la ficha del Korg DW-6000 dije que ese fue mi primer contacto con la síntesis, y no es mentira: fue el primer sintetizador puro que entró por mi puerta, y aquellos pads y efectos me fascinaron. Al menos era un sinte híbrido, y podía sonar muy electrónico; pero la pura verdad es que ese Korg voló pronto (era prestado), y mi auténtico fogueo llegaría con el Roland E-5, un teclado de autoacompañamiento de gama relativamente económica con síntesis LA que compró mi padre para hacer sus composiciones en casa. Ya sabéis, tarjeta de expansión TN-SC1 con ritmo "pasodoble", botón start, algún fill in y vamos terminando.
En fin: aquello estaba muy lejos de mis preferencias por Depeche Mode, pero no tardé en descubrir que sus cuatro partes + una de ritmos (Upper, Lower, Accomp, Bass y Drums) se correspondían con cuatro canales MIDI que podía controlar desde mi PC con Voyetra Orchestrator. Así que, cuando el aparato se quedaba solo, le sacaba todo el partido que podía.
En aquel momento, sus sonidos me parecían sorprendentemente realistas, aunque todo era síntesis LA y no había sonido de piano acústico. Por supuesto, hoy suenan desfasados. En todo caso, el único efecto de reverb disimulaba un poco las carencias, y aquello funcionaba dignamente. Además, para mis oídos de la época, su sonido de arpa daba el pego para imitar a Ray Lynch, y algunos pads y cuerdas servían para aventurarse en el New Age. A mí desde luego me bastaba, porque guardo los mejores recuerdos de aquellos primeros pinitos. También tuvo el mérito de despertar mi curiosidad por la tecnología musical, queriendo ir a más.
El aparato en sí no tiene apenas valor en el mercado de segunda mano, y tampoco abunda. Pero para mí personalmente, este teclado significa algo, y si algún día se cruza en mi camino por unos eurillos (o quizá el RA-50, versión en módulo del E-20, el hermano mayor del E-5), lo enviaré a mi particular museo de la nostalgia, que ya acumula varios estantes, y lo haré sonar con aquellos viejos midifiles del Cakewalk que aún conservo.

Lo mejor: Sonido legendario. De las primeras en llevar MIDI
Lo peor: Precio desorbitado en segunda mano
De su sonido no diré mucho, porque ya se sabe todo. La intención inicial de la TR-909 era imitar una batería real, objetivo en el que falla estrepitosamente por culpa de una tecnología sonora en pañales. Pero de ese fracaso nace precisamente su éxito: el sonido que resulta de su primitiva combinación analógico-digital es grueso, contundente y electrónico, y atrae a una nueva ola de artistas que la convertirán en ingrediente elemental del house y el techno. Como decía, en este terreno está todo dicho por la Historia.
Sí que me interesa comentar la pertinencia de una máquina como esta en un estudio actual —y me refiero a la máquina original, que es a la que corresponde esta ficha de producto—. Existiendo tal cantidad de emulaciones de la TR-909 en todos los formatos imaginables (hardware y software, analógico híbrido y digital, con las especificaciones originales o mejoradas, etc), creo que la TR-909 queda como un objeto de puro coleccionismo. Y como tal, dada su escasez —obviamente no se fabrican nuevas, y las que existen se van estropeando y perdiendo—, cada vez escala a cotas mayores de precio. En el momento de escribir esto, es habitual verla en torno a los 3.000 euros.
A diferencia de otros sintes y máquinas vintage, que pueden tener precios elevados pero cuya compra sigue teniendo un sentido por sus funcionalidades y sonido, aquí la brecha entre precio y conveniencia está demasiado abierta. Cualquier emulación de buena calidad se moverá en cantidades con una cifra menos y cumplirá sobradamente en un estudio. Ahora bien, si lo que quieres es tener la auténtica y original, por su valor sentimental o pensando en ella como inversión, no busques otra cosa.
Aún con eso, y como no me atrevo a dar una puntuación mediocre a un icono como este, lo dejaré en un 4 sobre 5 :-)

Lo mejor: Soporte de Soundfonts
Lo peor: Ruidosa, aunque es difícil achacarle nada en retrospectiva
A mediados de los 90, la informática musical era un sector todavía incipiente, donde las soluciones profesionales se movían en el entorno de los tres y cuatro ceros (pensando en euros) o directamente no existían, como en el caso de los samplers y sintetizadores, terreno casi exclusivo del equipo outboard y los grandes teclados.
Pero en 1993 pasó algo que iba a cambiar este escenario para muchos aficionados. Creative (un fabricante de productos de audio de consumo, no profesional) compró E-MU, la famosa compañía de samplers y sintetizadores que años antes nos había dado el Emulator o la máquina de ritmos SP-12.
La gama Sound Blaster de Creative ya era prácticamente un estándar de audio en los ordenadores PC, especialmente tras la llegada de la Sound Blaster 16 en 1992. Pero querían ir más allá, y ahora contaban con toda la tecnología de sampling de E-MU, que decidieron integrar en el siguiente modelo de la serie: la AWE32 (1994).
La Sound Blaster AWE 32 mantenía el famoso chip Yamaha OPL-3 de las Sound Blaster Pro y 16, cuya síntesis FM básica daba pocas satisfacciones a la hora de imitar instrumentos reales (y tampoco era muy excitante en cuanto a sonidos electrónicos, la verdad). Pero además, añadía un elemento revolucionario en aquel momento: el chip EMU8000, un sampler de 32 voces con 1 MB de ROM y RAM ampliable, capaz de cargar Soundfonts. Fue de hecho el primer dispositivo capaz de cargar esos bancos de sonido que empezaron a proliferar en los primeros años de internet y, al estar basados en muestras, aportaban un nivel de realismo impresionante para una tarjeta doméstica, aunque hoy nos pueda parecer escaso.
Ese chip y esa funcionalidad, inicialmente pensada para mejorar la experiencia sonora en unos videojuegos que todavía tiraban de música secuenciada y no de audio digital, abría todo un mundo al músico amateur en su home studio. Y por si fuera poco, podías hacerte tus Soundfonts con tus propias muestras, gracias al software Vienna Soundfont Studio.
Había otras propuestas en el momento, como las tarjetas con sintes MT o SC incorporado de Roland, y no se puede negar que la primera tarjeta de este tipo con sampling fue la Gravis Ultrasound (1992). Sin embargo, la AWE32 fue la que se llevó finalmente el gato al agua, quizá también por la mayor capacidad de distribución de Creative (muy dominante entonces), pero sobre todo por la flexibilidad y capacidad de su EMU8000 y los Soundfonts. Muchos amateurs pudieron acceder, a un precio asequible, a un gran universo de sonidos y a la producción musical basada en ordenador por primera vez gracias a esta tarjeta.
Luego llegaría la AWE64, una versión perfeccionada, de menor tamaño, mayor calidad de sonido y el doble de polifonía (aunque esto último se conseguía por software). Ya en 1998 vimos un salto mayor: la Sound Blaster Live!, con chip EMU10K1 de 64 voces reales, que usaba la memoria del PC para los samples, y fue la base de la E-MU APS. A partir de ahí y ya entrando en los 2000, irían saliendo sucesivos modelos como las Audigy y Extigy, más enfocadas a la reproducción de audio para videjouegos o cine, alejándose ya del entorno del productor musical aficionado. Pero la aportación significativa de la AWE32 queda para la historia.

Lo mejor: Un conjunto bien apañado por un precio razonable
Lo peor: Pedal de hi-hat algo impreciso y endeble. No incluye pedal de bombo
Incluye el módulo TD-1, con 15 kits que están bien para empezar, pero por suerte tiene salida USB MIDI y puedes tocarla con Addictive Drums o cualquier software de batería. La implementación MIDI tiene un detalle algo desconcertante cuando usas AD: el plato de hihat a veces envía una segunda nota que hace sonar el crash, y viceversa (el plato crash hace sonar al hihat). Lo he "parcheado" asignando una nota muda a ese punto del pad que parece enviar una nota distinta, y asignando las dos zonas del crash a la misma nota, y parece que va bien. Usando los sonidos del TD-1 no pasa nada de esto.
En el lado negativo, carece de pedal de bombo, pero a la vez supone algo positivo: puedes montarle cualquier pedal de batería acústica, incluso de doble bombo (esa es, de hecho, la justificación para no incluirlo). Ahora bien, si tu intención es hacer poco ruido, olvídate de esa solución, porque los golpes del pedal de bombo en el pad se oyen bastante. En vez de eso, recomiendo el propio Roland KT-9, totalmente silencioso.
El pedal de hi-hat incluido es flojillo, tanto en acción como en construcción; hay otro reemplazo silencioso (el FD-7), pero obviamente empiezas a irte mucho de precio con estos añadidos (también puedes montarle un pad de caja más grande y usar el que viene de serie para el tom grave, por ejemplo, o añadir un segundo plato de crash u otro módulo de sonidos TD).
En resumen: un kit muy bien apañado, a un precio no excesivo, aunque tampoco es un chollo (unos 600 euros), con una acción agradable gracias a sus pads de malla, robusto y capaz de ir más allá del mero aprendizaje, pudiendo mejorarse y ampliarse parcialmente.

Lo mejor: Interesante añadido si lo consigues barato, cosa difícil
Lo peor: Escasez de parámetros, arquitectura rígida
La programación es muy escasa: está basado en presets que se activan con unas grandes teclas interruptoras tipo órgano. Cada una de estas teclas lleva encima un potenciómetro para controlar un único parámetro preseleccionado de ese sonido concreto (por ejemplo: del sonido de flauta podemos controlar el tono, de las cuerdas el ataque... y de los parámetros de sinte, que son combinaciones de ondas, sobre todo el ataque/release y decaimento). En total hay 19 de estos presets.
A la izquierda del pequeño teclado (37 teclas, pero de tamaño completo, aunque algo toscas) hay una buena dotación de controles: un joystick de pitch bend y vibrato, otro para manejar el filtro, botón de activación de portamento, ajustes de sensibilidad del teclado, balance de mezcla entre sinte y cuerdas, y volumen general. Nada mal en este apartado.
¿El sonido? A mi me dejó bastante indiferente. La parte Instrument es un poco terrible la verdad, en sus lamentables intentos de imitar sonidos reales, como tantos de la época. La parte de sinte está interesante, y se pueden sacar sonidos de bajo decentes y añadir algo de gracia combinándolos con la parte Instrument, pero el recorrido general del sinte es corto debido a la escasez de parámetros disponibles.
Por supuesto, ni MIDI ni memorias, sólo control CV/trigger. Se piden burradas por él debido a la fiebre analógica, por encima de 1.000 euros. A esos precios creo que hay opciones vintage mucho más atractivas.

Lo mejor: Una auténtica navaja suiza y una nueva forma de interactuar con la informática musical
Lo peor: Caro
Concretamente, el iPad 2 es una estupenda opción para los que quieran introducirse en el mundillo, ya que su procesador es muy superior al primer iPad, es más estilizado y ligero (incluso que el iPad 3), y ahora (noviembre de 2012) está a la venta nuevo por 399 euros. Y su vida útil se ha extendido con la llegada del iPad Mini, que tiene exactamente el mismo procesador que el iPad 2, y por tanto, obligará a los desarrolladores a mantener el soporte y lanzar novedades durante más tiempo.

Lo mejor: Sonido agradable
Lo peor: Ruido de fondo. Especificaciones modestas.
Muchos años después -hace sólo unos meses-, conseguí uno barato de segunda mano. Fue toda una experiencia recordar sus sonidos. Para mi sorpresa (pensaba que me iban a decepcionar, como casi todas las películas infantiles que vuelves a ver de mayor), resultaban evocadores y atractivos -especialmente las cuerdas, gruesas y con cuerpo-.
Aunque, por desgracia, el aparato "sopla" que da gusto... ¡mete mucho ruido de fondo!
Su control manual es casi nulo: un solo slider. Seleccionas el parámetro a modificar, y listo: eso es lo que puedes tocar a tiempo real. Pero menos da una piedra; puedes pasar un buen rato jugando con el filtro y la resonancia.
Su construcción es barata. Agotaron todo el plástico que tenían disponible :-D Los botones son de calidad mediocre.
Lo conservo sobre todo por nostalgia, pero sin duda, sus sonidos son perfectamente aprovechables aún hoy. Y se encuentra muy barato. Puede que sea un híbrido, pero su circuitería es analógica y se nota en el resultado final.

Lo mejor: Chip SID. Sonido con personalidad. No sale caro hacerse con uno
Lo peor: Integrarlo en un estudio moderno
Hay varias formas de integrarlo en el estudio; una posibilidad es el cartucho MSSIAH, que incorpora MIDI y unos cuantos programas que emulan líneas de bajo y sintetizadores. De esa forma, puede controlarse desde un ordenador como un sinte externo más.
También hay cartuchos polivalentes como el 1541 Ultimate, que en julio de 2012 recibirá una nueva versión de firmware con modo autónomo, de forma que puedes cargar y grabar programas en tarjeta miniSD dejando libre el puerto de expansión (precisamente para poner ahí interfaces MIDI). De esta forma puede utilizarse casi cualquier programa de música para el C64... que sea compatible con esas interfaces, claro.
Su precio oscila entre 30 y 60 euros en el mercado de segunda mano; hay mucha oferta, porque fue un ordenador muy vendido.

Son confortables y se ajustan bien a la cabeza, con la banda característica de estos modelos de AKG. Los he tenido puestos mucho rato y no me han cansado.
Tienen un sistema que mutea el sonido automáticamente cuando te los quitas de la cabeza, para evitar que se cuele sonido no deseado en una grabación, aunque a mí me funciona un poco cuando quiere.
Diría que está bien construido, aunque se me han roto los plásticos que marcan el canal L y R. Nada grave, pero vamos... "ya no se hacen cosas como las de antes".
El cable puede quitarse y ponerse fácilmente; yo uso el cable en espiral, pero puedes optar por uno normal.

Lo mejor: Muy compacto
Lo peor: Construcción barata. Sin pitchweel ni USB
Su set de funciones es tan reducido, que sólo lleva una pequeña rueda de modulación. No hay control de pitch, lo que limita mucho la interpretación. Tiene un botón de encendido, otro de cambio de programa, y uno de cambio de banco. Las teclas llevan una numeración del 0 al 9 para enviar los cambios.
Y poco más. Se puede alimentar con fuente de 9V, o a través del puerto MIDI-joystick (totalmente obsoleto). Por su antigüedad no lleva USB, lo que complica su integración en un home studio moderno. Yo lo utilizo con alimentador y conectado con cable MIDI a una interfaz. Evidentemente, un teclado actual se basta con un cable USB para ambas cosas.
El tacto es malo, aunque no es el peor de los que he probado. En su rango de precio se puede considerar aceptable.
No es mala solución como teclado auxiliar si tienes poco espacio y lo encuentras barato en el mercado de segunda mano. Pero dada su fragilidad, es importante vigilar en qué estado se encuentra.
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